Nací cuando aún faltaban años para poder ver la televisión en color en este país.Valentina, el Capitán Tan, el Tío Aquiles y Locomotoro conductor de todo menos del codo, fueron personajes de referencia en mi niñez. Muchas tardes de invierno viendo la tele, unido a que en mi casa siempre hubo cámaras de fotos y de súper 8 con las que trastear, todo eso, creo, fue lo que hizo que me dedicara a esta profesión.

¿Y qué hago? Estar detrás de la cámara. Soy el que mira por el visor. Y eso es lo que más me gusta.

Cuando empecé a trabajar todo era analógico. Sabías distinguir si un magnetoscopio reproductor de cintas, fallaba a oído. Ahora todo es mucho más sencillo; apagas, vuelves a encender y a esperar a que se resuelva el problema.

Era feliz (o eso creía) haciendo mis pinitos en el audiovisual hasta que un día de hace unos cuantos años, conocí a dos tipos (Virginia estaba en camino) más locos que yo por el audiovisual. Uno le daba duro al marketing y a la publi y el otro a la edición, montaje y demás.

Así que con estas tres patas para un banco nos dispusimos a contar historias a nuestra manera. Historias en las que conoces a gentes y lugares geniales, sensaciones y olores que de otra forma no hubiera sido posible tener contacto. Y desde entonces no hemos parado.

Me encanta esa “cosilla” de cuando terminas un proyecto y hay que hacer pocos o ningún cambio. Entonces sabes que lo estás haciendo bien. Pero eso sí, siempre intentando aprender cosas nuevas en lo que haces. Porque de todos los proyectos sacas cosas buenas.

A pesar de los días que no duermo en casa, de los fríos, de los calores, de la lluvia, de perder aviones, de las esperas en aeropuertos, del mal comer o no comer (que todo no va a ser maravilloso) me dedico al mejor trabajo del mundo.

¡Esa suerte tengo!